La Real Academia Española define empatía como: “Sentimiento
de identificación con algo o alguien o capacidad de identificarse con alguien y
compartir sus sentimientos. Lo que nos hace deducir que, para tener empatía, en
primer lugar, hay que comprender las circunstancias de los demás y, en segundo
lugar, participar afectivamente en los sentimientos que esas circunstancias
provocan en ellos ya que la empatía implica sentir en nuestro corazón el dolor
de otra persona.
La Biblia no contiene el vocablo empatía, pero lo alude
de una manera indirecta. 1 Pedro 3:8 aconseja: “Finalmente, sed todos de un
mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables”;
Pablo recomendó: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.
Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No
seáis sabios en vuestra propia opinión” Romanos 12:15…16.
La mayoría tenemos una empatía natural. ¿Quién no se ha sentido conmovido al ver imágenes de niños desnutridos o refugiados afligidos? ¿Qué madre puede pasar por alto el llanto de su hijo? Pero no todo sufrimiento se percibe con facilidad. Sin embargo, las Escrituras indican que podemos y debemos compartir los sentimientos de aquellos cuyas circunstancias no son las mismas que las nuestras.
El mayor ejemplo de empatía es Jehová. Él siendo perfecto, no espera que nosotros lo seamos: “pues él mismo conoce bien la formación de nosotros, y se acuerda de que somos polvo” (Salmo 103:14; Romanos 5:12). Además, como está al tanto de nuestras limitaciones, “no dejará que seamos tentados más allá de lo que podamos soportar” (1 Corintios 10:13). Mediante sus siervos y su espíritu, nos ayuda a encontrar la salida (Jeremías 25:4…5; Hechos 5:32).
Igual a Jesucristo le importan los sentimientos de los demás. Cuando sanó a un sordo, lo llevó aparte, probablemente para que su curación milagrosa no lo avergonzara ni sobresaltara (Marcos 7:32…35). En la ocasión que se fijó en la viuda que estaba a punto de enterrar a su único hijo. Enseguida sintió en su corazón el dolor que la embargaba, se acercó al cortejo fúnebre y devolvió la vida al joven (Lucas 7:11…16).
Cristo, después de resucitar, se apareció a Saulo en el camino a Damasco y le dijo cómo le afectaba la persecución de sus discípulos: “Soy Jesús, a quien estás persiguiendo” (Hechos 9:3…5). Sentía dentro de sí el dolor de sus discípulos.
Y Pablo cuando un ángel liberó milagrosamente de sus cadenas a él y a Silas en una cárcel de Filipos, lo primero en lo que Pablo pensó fue en avisar al guardia de que no había escapado. Se puso en su lugar y llegó a la conclusión de que era probable que se suicidara, pues sabía que la costumbre romana era castigar con severidad al carcelero si se fugaba un prisionero, sobre todo si se le había mandado que lo vigilara bien (Hechos 16:24…28). Al carcelero le impresionó esta muestra de bondad, que le salvó la vida, y tanto él como su casa tomaron medidas para hacerse cristianos (Hechos 16:30…34).
Es necesario que cultivemos empatía. ¿Cómo? Hay tres maneras de ser más sensibles a las necesidades y sentimientos ajenos: escuchar, observar e imaginar.
Escuchar. Al escuchar con atención, nos enteramos de las dificultades de los demás. Y cuanto mejores oyentes seamos, mayores serán las probabilidades de que abran su corazón y nos revelen sus sentimientos.
Observar. No todos nos dirán abiertamente cómo se sienten o qué están experimentando. No obstante, un observador perspicaz se dará cuenta de que su hermano cristiano está deprimido, de que un adolescente se ha vuelto reservado o de que un líder ha perdido el entusiasmo.
Imaginar. La manera más efectiva de cultivar más empatía consiste en plantearse algunas preguntas: “Si yo me encontrara en esa situación, ¿cómo me sentiría? ¿Cuál sería mi reacción? ¿Qué necesitaría?”. Los tres falsos consoladores de Job fueron incapaces de ponerse en su lugar y, por ello, lo condenaron por los pecados que suponían debía haber cometido.
A los seres humanos nos resulta más fácil juzgar errores
que comprender sentimientos. No obstante, hacer lo posible por imaginarnos la
angustia que está experimentando una determinada persona nos ayudará a
comprenderla en lugar de condenarla. Pocos pasaríamos por alto la difícil
situación de un niño hambriento si dispusiéramos de comida para compartir con
él. Si tenemos empatía, percibiremos también el estado espiritual de la gente.
La Biblia nos dice lo siguiente sobre Jesús: “Al ver las muchedumbres, se compadeció
de ellas, porque estaban desolladas y desparramadas como ovejas sin pastor”
(Mateo 9:36). Hoy, millones de seres humanos se encuentran en una condición
parecida y necesitan ayuda.
Igual que en los días de Jesús, tal vez debamos vencer prejuicios o tradiciones arraigadas para llegar al corazón de algunas personas. La persona que tiene empatía procura hallar puntos en común con su interlocutor o hablar de temas que preocupan a este a fin de hacer más atrayente el mensaje (Hechos 17:22…23; 1 Corintios 9:20…23). Las acciones bondadosas impulsadas por la empatía también pueden contribuir a que nuestros oyentes estén más dispuestos a escuchar el mensaje del Reino, como ocurrió en el caso del carcelero de Filipos.
La empatía es una ayuda inestimable para que pasemos por alto los errores de otros que nos han ofendido. Si tratamos de comprender los sentimientos de quien nos haya ofendido, lo más probable es que nos resulte más fácil perdonarlo. Es posible que nosotros hubiésemos reaccionado igual de habernos encontrado en su situación y de haber tenido sus mismos antecedentes. Si a Jehová la empatía le hace “acordarse de que somos polvo”, ¿no debería impulsarnos a nosotros a ser indulgentes con las imperfecciones de los demás y perdonarlos? (Salmo 103:14; Colosenses 3:13.)
La empatía nos impulsará, además, a ofrecer ayuda práctica si está en nuestra mano hacerlo, incluso en el caso de que nuestro hermano cristiano sea reacio a pedirla. “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” 1 Juan 3:17…18.
Quizá no tengamos empatía por naturaleza, pero podemos cultivarla. No permitamos que el egoísmo ahogue la empatía. Tenemos la obligación moral de cultivar esta cualidad, la cual nos capacitará para ser mejores lideres y mejores padres, y sobre todo, nos ayudará a descubrir que “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20:35).
(Estudio No. 801)



No hay comentarios:
Publicar un comentario