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Aquella Mujer: Del Repudio A La Esperanza - Por Saúl Guevara (Estudio No. 816)

 


En el capítulo cuatro del Evangelio de Juan. Leemos del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, en una conversación oportuna.

 El encuentro sucede en Samaria; sus habitantes eran conocidos como samaritanos, una raza mestiza conformada por judíos y gentiles. Ellos habían llegado a mezclar la religión judía y la adoración al Dios verdadero con los ritos de pueblos paganos. Esto produjo el rechazo de los judíos, hasta el punto en que cuando los judíos realizaban un viaje entre Galilea y Judea, muchos de ellos cruzaban el rio Jordán dos veces para no cruzar por Samaria, que era una ruta más directa. El asunto llegaba a tal extremo, que un judío no podía tener ni siquiera una conversación con un samaritano, a ello agregue que, en ese lugar y época, era mal visto que un hombre hablara con una mujer que no sea su esposa en un ambiente público.

 Las samaritanas tenían por costumbre ir juntas al pozo, pero en esta ocasión vemos a una mujer que estaba sola. Esto podría pasar desapercibido, pero tal vez ella era rechazada por su gente debido a su vida de pecado.

 Jesús de seguro la sorprende al dirigirse a ella. Él comienza una conversación oportuna, sencilla, aprovecha que el pozo era hondo y no tenía forma de sacar agua, para decirle: “Dame de beber” (v. 7). No fue un pedido ni una sugerencia. Jesús lo dijo como un mandato, aun sorprendiéndola porque un judío no podía compartir los utensilios con un samaritano y menos con una mujer.

 Es hermoso ver cómo solo Dios puede buscarnos cuando somos rechazadas aun por las personas más cercanas

 La mujer samaritana le lanzó una pregunta directa: “¿Cómo es que Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (v. 9). La respuesta de Jesús es clara: “Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva” (v. 10). El Señor concluye con absoluta claridad: “Todo el que beba de esta agua (la del pozo) volverá a tener sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (v. 13…14).

 La conversación que continúa, la mujer samaritana nos deja ver que ella no entendía bien a lo que Él se refería, como sucede muchas veces con personas que no pueden entender la grandeza del ofrecimiento de Jesús.

 La mujer buscó que la oferta de Jesús afectase aquello que más le molestaba a ella; es decir, el rechazo de las otras mujeres cada vez que ella necesitaba sacar agua del pozo. Por eso le dice: “Señor, dame esa agua, para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla” (v. 15). Al igual que ella, ¿cuántas veces nosotros también nos equivocamos al no entender con claridad el ofrecimiento del Señor, y lo enfocamos solo en nuestros temores y sinsabores cotidianos, sin considerar el valor trascendente y poderoso de lo que Él nos ofrece?

 Jesús no iba a dejar a esta mujer buscando aplicar su ofrecimiento en la circunstancia equivocada. Por el contrario, Él la llevará a entender a qué se refiere porque conoce a la mujer por completo. Él sabía la situación en que ella se encontraba y le dice cosas específicas para darle convicción de pecado: “Él le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá” (v. 16). Las palabras de Jesús hicieron que todo el terrible pasado de esta mujer pasara por su mente y por eso no duda en negarlo y decirle a Jesús, que no tiene marido.

Jesús no la condena inmediatamente, sino que le dice: “Bien has dicho: No tengo marido, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad” (v. 17). La samaritana se sorprende en ese instante al descubrir cómo Él conoce toda su vida. Comienza a entender que Jesús está hablando de un agua espiritual.

 Y es que solo Dios puede buscarnos cuando somos rechazados aun por las personas más cercanas. No importa qué pecados has cometido o si quizá crees que eres una mujer moralmente buena, la realidad es que todos nacemos con el pecado original que nos destituye de la vida eterna. Sin embargo, solo por gracia y misericordia, Dios envió a Su Hijo Unigénito a morir, ser sepultado y resucitar para ofrecer perdón de pecados y vida eterna para los que se arrepienten y creen en Él como su Señor y Salvador.

 Y aunque la samaritana quiso excusarse detrás de la religión de sus padres, Jesús la lleva fuera del aquí y del ahora en esta tierra, y hace que ella mire a lo eterno sin sectarismos. Por eso le dice: “Dios es espíritu y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (v. 24). Ella conocía que el Mesías vendría y que declararía todo. Sin embargo, ella no sabía que estaba frente a Él y lo primero que le declara no son asuntos misteriosos y religiosos, sino la realidad de su propia vida. Jesús no se oculta ante esta mujer, sino que una vez más le habla con absoluta claridad y le dice: “Yo soy el que habla contigo” (v. 26). Porque hay esperanza en nuestras vidas cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador

 Esta mujer, que había vivido muchos años rechazada por ser samaritana y también pecadora, encontró así la esperanza en Cristo: el único que no negó lo que ella era en realidad, pero que era capaz de perdonar lo imperdonable y hacerla nueva para vivir una vida diferente y tener la esperanza de una eternidad en el cielo.

 Después de que los discípulos llegaron al lugar, ella dejó el pozo y su cántaro. Su propósito era ir donde los varones samaritanos de su pueblo para que ellos vinieran a ver a Jesús. Ella no podía callar y dejar de contar tan asombroso acontecimiento de perdón de pecados y transformación de vida. No era algo teórico o religioso, sino algo que ella misma había experimentado.

 Ya su carga estaba eliminada y no tenía vergüenza de contarlo porque había sido perdonada. No escondió su pecado, ya no había vergüenza en ella, ya todo estaba perdonado por medio de Jesús.

 El resultado de este testimonio poderoso fue que “de aquella ciudad, muchos de los samaritanos creyeron en Él por la palabra de la mujer que daba testimonio, diciendo: ‘Él me dijo todo lo que yo he hecho’” (v. 39). La vida transformada de la samaritana fue evidente entre los samaritanos y ellos corrieron hacia Jesús. Finalmente, “decían a la mujer: ‘Ya no creemos por lo que tú has dicho, porque nosotros mismos le hemos oído, y sabemos que Este es en verdad el Salvador del mundo’”.

 Que la vida de esta mujer nos enseñe a ver la benevolencia del Señor hacia mujeres rechazadas por su origen de nacimiento y el pecado en ellas. Hay esperanza en nuestras vidas cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador.

S.A.G. – 22 – DIC – 2024

(Estudio No. 816)

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