No Moriré Sin Voz



Escribiendo he aprendido que no es necesario ir lejos para encontrar una historia. A veces están mucho más cerca, en nuestra vida. Hoy voy a relatar la historia de un abuso cotidiano que debe ser denunciado. También para hacerlo extensible a las historias de todas las personas que se quedan sin voz, para reclamar sus derechos, para opinar sobre cómo quieren vivir. Tan Solo Por Ser Viejos.

Recuerdo a quien me inquieto escribir mi primer libro, era una persona mayor compañero de trabajo, Rafael Villacorta se llamaba y no por haber sido diputado de mi país, era tonto o ladrón. “El escribir es la voz suya cuando su voz ya no se oiga”, me decía. Y es que, en este país, al igual que cualquier otro, aún la voz de los que más se oyen, un día, aún vivos no la oirán, porque al llegar a viejos hablamos y no nos oyen, nos acostumbramos a ello y así nos olvidamos de hablar, argumentaba.  

Vivimos gritando toda la vida y de pronto uno se queda sin voz. Aunque sabemos que nos escuchan, uno alza la voz porque necesita sobrevivir. Por eso pienso lo duro que debe ser quedarse sin voz, aunque estés rodeado de personas que te quieren. Pienso que eso no debe pasar, no importa tan viejos estemos, el coraje para salir adelante debe estar siempre dando sus coletazos.  

Los ancianos pierden en nuestras sociedades el más mínimo poder de decisión. Les marcan hasta una hora para llevarlos al baño. 

Ahí están nuestros ancianos, tienen memoria y conservan miles de recuerdos de sus años de vida. Un cumulo grande de memoria en el que caben muchas vidas: la vida de criar a tus hijos en tiempos de represión. La vida de cuidar a una hija y su hermana en el tiempo de un terremoto; la vida de aquella hija que a loa tres meses de gestación todos los profesionales la querían abortar y ahora esa vida es una excelente profesional igual que sus otras hermanas.

Cuántos ancianos habrán salido adelante con sus familias, con su amor, su sacrificio en esta cruel sociedad y muchos aún están aquí, en esta sociedad en la que han perdido hasta el más mínimo poder de decisión. Les dicen lo que tienen que comer, aunque quizá eso sea lo que menos les importe ahora. Los llevan al baño a una hora determinada, aunque quizá no tengan ganas. Les dicen que tienen que sonreír, aunque quizá no sepan animarlos. Porque no los animan: les tratan como quien habla a un niño y no a una persona madura.  

En esta sociedad endurecida no se valora a los que acumularon tanta experiencia, sino que se les aparca como a un mueble viejo, limitando la atención a las necesidades básicas. En el día a día, los ancianos se ven como un problema. No hay pensiones para todos, aunque fueran ellos los que se las trabajaron y los que siguen pagándolas. Todo porque los ancianos ya no son importantes y por tanto ya no hay presupuesto para atenderlos, cuando hay tanta gente necesitada de trabajo. Los ancianos nunca son noticia, en cambio los problemas económicos que los políticos crean colman nuestra vida y eso repercute en las preocupaciones cotidianas.

Camino por las calles y miro a los ancianos en su soledad. Muchas veces, los veo haciendo cola en algún lugar de beneficencia para lograr un mendrugo de comida, a un lado del andén, para no interrumpir el paso de los que van de prisa, levantando la mano sin que les hagan caso, sentados frente a una mesa durante toda la mañana hasta que les llegue la hora de comer. Nadie, pero nadie que ha vivido honradamente, debería llegar al final de su vida en esas circunstancias. No hablo de aceptar la muerte de una persona que ha vivido una vida larga, me refiero a vivir dignamente. Tenemos que exigir que se cambien muchas cosas, pero todavía no sabemos hacerlo. Y a muchos ni les preocupa.  

Nuestras generaciones jóvenes y adultas que ahora viven en una sociedad cada vez más envejecida no quieren ni discutir lo que van a tener que vivir cuando sean viejos, porque lo serán. Sólo somos capaces de debatir los temas que ellos creen son importantes: que será necesario subir la edad de jubilación, que los gastos gubernamentales son a causa de la crisis y otras estrategias de manipulación mediática para seguir tomándonos el pelo.

Dios mío, hablamos de ti todos los días, decimos atrevidamente ser tus hijos, nos declaramos tus herederos, pero ¿Cómo se perdieron aquellos respetos bíblicos para nuestros ancianos? ¿Cómo perdimos esa herencia?  

Empezamos a envejecer y ya quieren pensar por nosotros, que estos zapatos, que esta camisa, que este paseo, que este médico, que aquí, que halla. Que camina, que corre, que estate sentado, que lo uno que lo otro.  

No niego que mucho de esto, está inspirado por el amor que nos tienen, pero somos viejos, no niños, somos viejos y pensamos, somos viejos y a igual que todos nos gustan unas cosas y otras no. Somos v-i-e-j-o-s no inválidos. Por favor, respétennos y no nos discapaciten.


Culturalmente en algún momento la palabra viejo, con frecuencia, se utiliza de manera peyorativa para desmerecer a otra persona. Es común escuchar expresiones como: “viejo hijo de tal y cual; vieja loca; viejo feo; la vieja de tu abuela; viejitos, abuelitos; ya estás viejo, ya no sirves”. La palabra viejo está a la par de un insulto y se utiliza en todas las edades. Por ejemplo, el estudiante que busca desmerecer a su profesor, a la primera palabra que recurre es “vieja” o “viejo”, seguido de otro calificativo negativo. Igual sucede entre personas de edad avanzada, “yo no me junto con esos viejos”. Para las mujeres, la vejez es un tema prohibido durante una conversación. Llamarle vieja puede sonar como el peor insulto. Es frecuente en los cumpleaños, por ejemplo, que, al indagar la edad de la homenajeada, ella responda: “esa pregunta no se hace”. Todo por el temor a la negación, a la discriminación de la sociedad. Belleza igual a juventud, mientras lo feo es lo viejo.

Por ahora, la sociedad trata de “sacarlos de circulación, porque son como una carga y quitan trabajo a los jóvenes”. Hablar contra esto, dicen los medios y las sociedades es ir contra esta corriente cultural.

Pues les guste o no, a los viejos hay que mirarlos como una solución y no como un problema.

Cabe entonces preguntarse: ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo? Si los “viejos” son relegados al pasado, ¿cuándo tendrán el derecho a decir que también son el presente y futuro de una sociedad que los respete y dignifique en su justa medida?

La vejez puede ser tocada desde distintas perspectivas: desde el concepto social del tiempo, del papel de los viejos en la vida de las comunidades, en la vida pública. De igual manera, se puede hablar sobre las distintas teorías acerca de la vejez, según las distintas culturas, incluso, desde un punto de vista más novedoso en la actualidad: la vejez como patrimonio y los viejos como su fuente. El fin es devolverles su verdadero valor.

El lector cristiano se estará diciendo, hoy se le deschaveto el pensamiento al pastor, pero no, tan solo hago uso de mi derecho bíblico que dice que en los postreros tiempos los ancianos (viejos) soñarán sueños; pienso que, ante Dios, si perdimos nuestra herencia del cómo proceder con nuestros ancianos, entonces ya es tiempo de proceder a restaurarla; ya es tiempo que nosotros los viejos tomemos la espada de la palabra y demos nuestra buena batalla y la iglesia no debe quedarse a la zaga.  

No importa sentirnos como una voz que clama en el desierto, no, no importa. Dios en mis años atrás me enseñó a pelear por mis convicciones y no quiero ser una voz que no oigan, gritare y escribiré, no cejare y un día mi buen Dios restaurara ese respeto perdido a nuestros ancianos, así mis amigos que “Por amor a los viejos no callare, ni me callaran”

Oh Señor, escucha mi clamor.