Salmo 121:1...2 "Levanto mis ojos a los montes, ¿de
dónde me vendrá el auxilio? Mi auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la
tierra"
Un hombre de la vida rural, acostumbrado a sacar la tarea
diaria y que por muchos años se encontró atrapado en las llamas del enemigo,
había hallado la paz en Dios.
Había cambiado radicalmente, de una vida de depravación,
borracheras e infidelidad, a una vida de verdadera satisfacción y paz. Siempre
hablaba de su salvación y de lo que Jesucristo había hecho por él. No le
importaba dónde estuviera ni quién estuviera viéndolo o escuchándolo. A todos
les daba el testimonio de su conversión.
Un día un amigo suyo le preguntó:
—Pantaleón, ¿por qué hablas tanto de Cristo?
Pantaleón no respondió de inmediato, por el contrario, muy
ceremoniosamente comenzó a recoger palitos y hojas secas que fue colocando uno
sobre otro en un círculo. Entonces buscó hasta hallar una oruga, un gusanito y
lo puso en el centro del círculo. Todavía sin decir palabra, callada su boca, encendió
un fósforo y lo acercó a las hojas y a los palitos secos.
El fuego inicio a esparcirse por las hojas secas y luego
los palillos, el gusanito atrapado en el centro de aquel circulo, comenzó a
buscar locamente cómo salir, pero no podía.
Poco a poco el fuego avanzaba hacia el centro y el calor se
fue acercando al gusano. Éste, sintiendo más y más calor a cada momento y
sintiendo que el aire le falaba, desesperado levantaba en alto la cabeza como
para respirar, cuando menos, un poco de aire fresco. El gusanito sabía que su
único refugio y salvación, tendría que venir de arriba.
Al verlo así, Pantaleón se inclinó y le extendió sus dedos.
El gusano se asió de ellos y así aquel campesino sacó el gusano de en medio del
fuego.
Todo aquello había sucedido en silencio y fue hasta
entonces que emitió su primera palabra.
Esto —explicó Pantaleón— es lo que Cristo hizo por mí. Yo
estaba atrapado en los vicios del pecado y no había esperanza de salida. Había
tratado, por todos los medios posibles, de salvarme a mí mismo, pero me era
imposible.
Entonces el Señor se inclinó hacia mí y me extendió su
mano. Lo único que tuve que hacer fue asirme de Él. Jesús me sacó de esa
prisión. Por eso no puedo dejar de contarles a todos lo que hizo por mí.
Lo cierto es que aquel campesino, quizás iletrado,
describió a la perfección lo que Cristo puede y quiere hacer por cada uno de
nosotros. Sin Cristo estamos atrapados, totalmente perdidos. Más vale que
reconozcamos de una vez por todas que la vida real no respalda el argumento
popular que dice: “El día que yo quiera dejar el vicio, puedo dejarlo.” De no
ser por una ayuda que venga de arriba, moriremos en nuestros pecados.
Cristo está cerca de nosotros y nos extiende la mano. Sólo
tenemos que asirnos de ella. Pantaleón lo hizo y encontró paz. Muchos decimos
ser cristianos, pero no parecemos cristianos; una cosa decimos hacer y otra muy
distinta hacemos.
Amado lector, no importa cuanta alabanza
sabes y cantas, no importa cuánto sabes de Biblia, no importa cuánto ayunas o
cuanto diezmes... no importa cuantas cosas más sepas de Cristo... porque si no
hablas en todo lugar como Cristo, sino caminas en todas partes como Cristo y no
demuestras ser de Cristo de nada sirve.
Cristo quiere rescatarnos y darnos su paz.
Piensa.
S.A.G. – 05 – DIC –
2022
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