Amargura, ¿Qué Sabes De Ella? – Por Saúl Guevara

 


Lucas 6:45 "...porque de la abundancia del corazón habla la boca"

 En una frecuencia muy mayor a la que nos imaginamos, encontramos en las redes sociales una cantidad de pensamientos puestos por personas evangélicas y no evangélicas en la que dan rienda suelta a su amargura.

 Muchos de nosotros hemos compartido con una persona amargada. La amargura es una forma de depresión donde la persona se enfoca negativamente en el mundo exterior, pensando que ha sido tratada injustamente. Según el diccionario, la palabra amargura significa: aflicción, sinsabor, disgusto, pesadumbre, melancolía. Muchas veces la amargura es el resultado de un resentimiento. Se vive una ofensa, al no perdonar la ofensa se convierte en ira o en dolor, y esto se convierte en odio. Este odio se convierte en amargura, que es la aflicción del alma. Nadie puede ser feliz o tener paz si su corazón está lleno de amargura.

 El principal peligro de sucumbir a la amargura y permitir que gobierne nuestros corazones, es que es un espíritu que se niega a la reconciliación. Como resultado, la amargura conduce a la ira, que es la explosión externa de los sentimientos internos. Esa ira y enojo desenfrenado, a menudo conducen a la "riña", que es el egoísmo impulsivo de una persona furiosa que necesita que todo el mundo escuche sus quejas. Otro mal provocado por la amargura, es la calumnia.

 La Biblia nos enseña algunas cosas sobre la amargura:

 En las Escrituras vemos a la amargura considerada como un pecado que se arraiga profundamente en el corazón: “Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia” Efesios 4:31.

  • La amargura es contagiosa: es una actitud que se transmite de una persona a otra con mucha facilidad, “Cuídense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados” (He. 12:15).
  • La amargura trae otros pecados con ella, no viene sola; como dice en Efesios 4:31…32, viene acompañada por un grupo de amigas que no se separan nunca, estas son el enojo, la ira, la venganza, la gritería, palabras punzantes, en general todo tipo de malicia.
 Consecuencias de un corazón amargo

 Una de las principales formas en las que se manifiesta la amargura del corazón es a través de nuestras palabras. La Biblia nos enseña que de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:34). Un corazón lleno de amargura es uno del cual brotarán palabras hirientes hacia los demás.

 Otra de las características de la persona amargada es que mira cada situación a través de su amargura y tiene la tendencia a ser dura y fría con los demás, teniendo muy poca misericordia con los pecados del otro. Como mencionábamos anteriormente, la amargura en nuestros corazones causa dificultades y contamina a otros (Hebreos 12:15). Una persona con amargura en su corazón tiene dificultades en mantener relaciones sanas con los demás.

 Batallando la amargura

La Palabra de Dios no es silente a ningún aspecto de nuestras vidas y así como nos muestra las causas y las consecuencias de la amargura, también nos dice que hacer cuando esta es la condición de nuestro corazón:

 Si la causa de la raíz de amargura es la falta de perdón, pues ¡perdona!, y hazlo cuanto antes. Una vez más, no dejes que el sol se ponga sobre tu enojo (Efesios 4:26).

  •      Mantente vigilante de tu propio corazón, atenta a cualquiera posible brote de amargura.
  •     Reconoce la amargura como un pecado grave en contra de Dios. No lo minimices y pídele perdón: la sangre de Cristo tiene poder para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:8).
  •    Aférrate a la gracia que es provista en Cristo Jesús. Por su obra en la cruz, nosotras podemos ser sanadas y perdonadas, y por ese mismo evangelio es que nuestros corazones van siendo transformados (Efesios 1:18…21).
  •    Despójate del viejo hombre y vístete del nuevo, creado según Dios (Efesios 4:22). Debemos quitarnos este pecado como ropa sucia que mancha todo nuestro ser.

 Cristo es nuestro ejemplo supremo. Él nunca pecó; nosotras somos las que le hemos ofendido, y, aun así, Él nos perdonó en la cruz, cargando con nuestros pecados y recibiendo el castigo que nosotras merecíamos. Él no se amargó, por el contrario, nos miró con pura misericordia y amor y todo aquel que reconoce su pecado y viene a Él con fe, Dios lo recibe, borrando todo su pecado y haciéndole su hijo. Si Cristo nos ha perdonado, ¿no deberíamos nosotras perdonar a todos los que nos ofenden?

 Con tus ojos puestos en Jesús, busca cultivar el verdadero perdón en tu vida como Cristo te perdonó, y guarda tu corazón del pecado de la amargura.

S.A.G. – 20 – FEB – 2023




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