María, Madre de Jesús Por Saúl Guevara (Estudio No. 900)

 


¿Es María la madre de Dios? La Biblia no afirma que María sea la madre de Dios ni sugiere que los cristianos deban adorarla o venerarla. María nunca afirmó ser la madre de Dios. La Biblia indica que dio a luz al "Hijo del Altísimo" o "Hijo de Dios", pero no a Dios mismo (Lucas 1:32…35).

 Jesucristo no dijo que María fuera la madre de Dios ni que mereciera devoción. De hecho, cuando una mujer ensalzó a María por tener el privilegio de ser la madre de Jesús, Él la corrigió diciendo: “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lucas 11:27…28).

 La frase "Madre de Dios" no se encuentra en la Biblia. Por otro lado, la expresión "reina de los cielos" que sí aparece en las escrituras, no hace referencia a María, sino a una deidad falsa adorada por los israelitas apóstatas (como se menciona en Jeremías 44:15…19). Esta deidad podría ser Astarté, una diosa de origen babilónico.

 En los primeros tiempos del cristianismo, los seguidores de la fe no rendían culto a María ni le otorgaban un trato especial. Según las Escrituras, Dios es eterno (Salmo 90:1…2; 93:2), por lo cual, al no tener un comienzo, no podría tener una madre. Además, la Biblia señala que María no pudo haber llevado a Dios en su vientre, ya que ni siquiera los cielos pueden contenerlo (1 Reyes 8:27).

 María fue la madre de Jesús, no la madre de Dios. Era de origen judío y desciende directamente del rey David, como se menciona en Lucas 3:23…31. Su fe y devoción le valieron el favor de Dios, como se destaca en Lucas 1:28. Dios la escogió para ser la madre de Jesús, según Lucas 1:31…35. Además, posteriormente tuvo otros hijos con su esposo, José, tal como lo registra Marcos 6:3.

 La Biblia indica que María se convirtió en discípula de Jesús, aunque no ofrece muchos detalles adicionales sobre ella (Hechos 1:14).

 Como madre de Jesús, María representa un ejemplo notable de fe, obediencia y confianza en Dios. A través de su vida, nos enseña a vivir dedicados al propósito divino, sin importar las dificultades y pruebas que podamos encontrar.

 La historia de María comienza con una visita celestial que transforma su vida por completo. En Lucas 1:28, el ángel Gabriel la saluda: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.” María fue seleccionada por Dios para cumplir una misión única y especial: ser la madre del Salvador del mundo. Dios no la escogió debido a su estatus o logros personales, sino por su gracia soberana. Esta selección nos enseña que Dios nos llama y nos utiliza, no por nuestros propios méritos, sino por su gracia y sus propósitos divinos.

Al recibir la noticia del ángel, la primera reacción de María es hacer una pregunta llena de fe: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” (Lucas 1:34). Aunque inicialmente María experimenta incertidumbre y confusión, nunca cuestiona el poder divino. Ella está dispuesta a comprender, demostrando así una fe auténtica y profunda. Su reacción ante la fe nos ofrece una lección sobre la importancia de confiar en los planes de Dios, incluso cuando estos son difíciles de comprender.

 Tras escuchar la explicación del ángel, María responde con una admirable sumisión: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38). La presente afirmación ilustra una obediencia absoluta y una disposición incondicional a acatar la voluntad divina, sin considerar las repercusiones personales. La sumisión de María nos invita a aceptar el designio de Dios en nuestras propias vidas, con la certeza de que sus propósitos son siempre orientados hacia nuestro beneficio.

 El Canto de María, encontrado en Lucas 1:46…47, es una expresión profunda de alabanza y agradecimiento hacia Dios. En este pasaje, María declara: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.” En este canto, María alaba la grandeza de Dios y su misericordia. Nos muestra cómo adorar a Dios en todas las situaciones, reconociendo su bondad y fidelidad.

 María también expresa una profunda confianza en Dios en Lucas 1:48, donde afirma que: “Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.” Pese a su humildad y la grandeza de su misión, María pone toda su confianza en la promesa y el plan divino. Esta seguridad nos inspira a depositar nuestra confianza en Dios, con la certeza de que Él reconoce y valora nuestra fe y obediencia.

 María fue testigo de uno de los instantes más dolorosos en la historia: la crucifixión de su hijo. En el Evangelio de Juan 19:25, se menciona que ella estaba al pie de la cruz de Jesús. Su presencia en ese instante de sufrimiento revela su increíble fortaleza y profundo amor maternal. María nos inspira a ser fieles y estar presentes, incluso en los momentos más difíciles y dolorosos, confiando siempre en el propósito redentor de Dios.

 Después de la resurrección y ascensión de Jesús, María continuó siendo una parte integral de la comunidad de creyentes. En Hechos 1:14, se menciona que ella estaba unida en oración con los discípulos. Su participación en la iglesia primitiva subraya su dedicación y compromiso con la misión de Cristo. Nos muestra la importancia de la oración y la comunión con otros creyentes mientras buscamos cumplir el propósito de Dios.

 Hermanos y hermanas, la vida de María, la madre de Jesús, es un ejemplo inspirador de fe, obediencia y confianza en Dios. Desde su elección divina hasta su participación en la iglesia primitiva, María nos enseña a confiar en los planes de Dios, a obedecer su palabra y a alabarle en todas las circunstancias. Sigamos su ejemplo, viviendo nuestras vidas con un compromiso profundo y una fe inquebrantable en nuestro Señor y Salvador.

S.A.G. - 30 – AGO – 2026 (Estudio No. 900)

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