En esta semana, todos los medios de comunicación nos están bombardeando diariamente con las últimas noticias entorno a la guerra refiriéndose a la situación en Ucrania. De todas partes del planeta se manifiestan pública y personalmente declarando su rechazo a la misma.
Los cristianos evangélicos de todo el mundo expresan su sentir al respecto con división de opiniones sobre la conveniencia o no de un ataque. Cada cual tiene sus propios argumentos políticos, económicos, humanos o morales para apoyar o rechazar el uso de la fuerza. Yo por mi parte, al escribir este artículo, no pretendo debatir sobre está guerra (que personalmente desapruebo), más bien me gustaría ofrecer al lector una reflexión personal, a la luz de la Biblia y de la historia, de por qué Dios puede permitir este tipo de guerras y las implicaciones espirituales que para el mundo occidental y la iglesia pueden tener.
Durante las guerras mundiales y otras del siglo XX, muchas personas se preguntaban cómo podían mantener su creencia en Dios por el hecho de que Él lo permitiese; al no tener respuestas por desconocer las Escrituras, muchos perdieron su poca fe, otros sufrieron crisis espirituales y algunos más abandonaron la iglesia. Sin embargo, la Biblia es muy realista con el tema de la guerra de allí, que es necesario estar bien preparados para evitar sorpresas.
Para iniciar, hay que decir que Dios en su Palabra jamás promete que no habrá guerras. Jesús mismo profetizó que oiríamos de guerras y de rumores de guerras, y que unas naciones se levantarían contra otras (Mateo 24:6…7). Pablo, en sus epístolas, nos predice que el sistema mundial irá de mal en peor (2 Timoteo 3:1…5) (2 Tesalonicenses 2:3…10).
El pensar que, mediante la inteligencia humana, la cultura, la educación y el esfuerzo moral de todos se puede a la larga construir un mundo en paz y libre de guerras es una fantasía. A veces los cristianos caemos en el mismo error, como enseñamos que mediante la predicación del evangelio y de acuerdo con el plan de Dios, el mundo se convertiría progresivamente en un paraíso. Es cierto que el evangelio atenúa el mal de forma poderosa, pero éste no será totalmente eliminado hasta que el Señor cree el cielo nuevo y la tierra nueva, leamos Apocalipsis 21.
Es esencial descubrir lo que Dios ha prometido a fin de no crearnos falsas esperanzas, que, al no cumplirse, dan lugar a la desilusión, la tristeza y la crisis de fe. Tenemos que considerar las palabras de Jesús y no sorprendernos porque la guerra nos alcanza, como sucede con el precio mundial del combustible generado por petróleo. Él nos dijo que “no nos turbáramos” si ello sucediese. Hay que ser realistas y no fatalistas, afrontemos los efectos de una guerra, pero con la esperanza que todo ayudará a bien a los que aman a Dios y ninguna guerra nos separará de su amor.
Otra cuestión interesante sería preguntarnos: ¿por qué debería Dios prohibir las guerras? Y probablemente contestaríamos que para evitar el horror y el sufrimiento de las personas inocentes y eludir todas las penurias que afectarían a nuestro cotidiano y tranquilo vivir.
Lógicamente que desear lo anterior es bueno y lícito, debemos luchar por la paz y la justicia; pero no es suficiente que solo deseemos la paz para vivir en bienestar, nuestro verdadero deseo de tener paz debe ser más elevado: el de aprovechar los buenos tiempos para cultivar una mejor vida piadosa. Hay en la Biblia dos pasajes ejemplarizantes que corroboran lo que decimos: “Entonces las iglesias (después de la persecución) tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo”
Hechos 9:31. Otro pasaje está en 1Timoteo 2:1…2: “exhorto, ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todo los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad”
En consecuencia, debemos buscar la paz porque en ella hay mayor libertad, concentración, calma y tiempo para consagrarnos al Señor, para edificar su iglesia y extender su reino, sin sufrir los impedimentos que impondría un estado de guerra como lo son la inseguridad ciudadana, preocupaciones familiares, escasez de recursos.
El ser humano en épocas de paz suele acontecer que, en vez de aprovechar esta bendición para vivir agradecidos al Señor, se cae en la relajación y en paulatina pérdida de la fe. Después de la segunda guerra mundial se ha podido vivir relativamente en paz y con un progresivo crecimiento económico y social, pero a la par de esa prosperidad material ha decrecido el interés de la sociedad por Dios y el compromiso cristiano, hasta el punto que muchos creyentes de países de tradición protestante y también los católicos, se han entregado a una vida materialista y pecaminosa.
Al declinar la religión cristiana, declinó también la moral política y social. Esto también sucedió con el pueblo de Israel; en su prosperidad se olvidaban de Dios, tan solo se acordaban de Él cuando sus enemigos amenazaban con la guerra (Jueces 4:1…3).
En tiempos de paz consideramos el pecado como algo liviano y pensamos con cierto optimismo que en el fondo los hombres no son tan malos, pero llega la guerra y el corazón humano nos revela su maldad y perversidad. Las guerras nos obligan a examinar sobre que fundamentos edificamos nuestra vida y nos plantea el interrogante de por qué la raza humana actúa tan cruelmente. El hombre en su orgullo e insensatez rehúsa oír que es pecador y sigue pensando que los conflictos bélicos pueden ser evitables si aplican buenas políticas. Tiene una confianza ciega en sí mismo y cree que puede crear un mundo justo sin Dios. Lo que el ser humano no quiere aprender por la predicación del evangelio en tiempos de paz, Dios se lo tiene que revelar a través del sufrimiento en tiempos de guerra a fin de mostrarle su miseria.
El amor de Dios que el hombre rechaza en tiempos de paz, quizás lo acepte si viene la aflicción en tiempos de guerra.
S.A.G. – 28 – FEB – 2022
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