Dios ha sido muy misericordioso con los púlpitos actuales
y nos ha regalado verdaderos maestros en la predicación; es decir, excelentes
expositores bíblicos que el Espíritu Santo usa para ministrar los corazones de
los oyentes con fortaleza, instrucción práctica, dirección divina, fe,
esperanza, corrección, ánimo y muchos beneficios más que la buena predicación
bíblica trae. Hemos observado que, progresivamente, se aborda con mayor
seriedad y responsabilidad la exposición de la Palabra Sagrada, así como la
responsabilidad que ello implica.
Sin embargo, es importante señalar que algunos individuos
han sucumbido a lo que se denomina vicios en la predicación. Estos, al igual
que los vicios naturales, son perjudiciales y requieren una rehabilitación
urgente.
Con un sentido de humildad y fraternidad, como parte de
una comunidad de predica, me permito compartir algunas reflexiones sobre esta
situación. De igual manera que la policía efectúa una sesión identificatoria
con el propósito de que los testigos señalen a los presuntos culpables entre
los sospechosos, es necesario que realicemos un análisis de ciertos tipos de
predicadores como:
El ilustre:
es aquel que, con frecuencia de dos o tres frases por cada oración, enfatiza su
predica con muletillas como: “los expertos en análisis bíblico”, “según los
eruditos en el idioma original” y otras afirmaciones similares. De tal manera, que
una explicación sencilla y agradable de dos minutos se convierte en una tediosa
clase de 10 minutos que no logra captar la atención del auditorio. El uso
apropiado de la semántica textual de los idiomas bíblicos resulta enriquecedor,
sin embargo, “mucha luz” puede llegar a cegar a quienes no están familiarizados
con el contexto, dejando a algunos con una visión más limitada que al inicio.
El muletólogo: son
las palabras o frases interruptoras que el predicador intercala en su sermón
como mal hábito. Dichas interrupciones se conocen como muletillas y su objetivo
es permitirle a su mente un breve espacio de tiempo para reflexionar sobre lo
que va a decir a continuación. Se les denomina muletillas, dado que se trata de
una categoría de apoyaturas verbales. Entre las expresiones más comunes y
utilizadas, podemos mencionar: “Amén, hermanos”, “¿Cuántos dicen Aleluya?”
“¿Quién dice gloria a Dios?” o “¡Y a su nombre!”. También existe el “dígale al
que tiene a la par…” y varias más. Si bien se puede recurrir a ellas de manera
natural, discreta, medida e inteligentemente.
El elegido:
busca aumentar la autoridad del mensaje empleando frases tales como: “Dios me
ha dicho hoy”, “dice Dios”, “En este preciso instante, no soy yo quien habla,
sino que Dios ha tomado literalmente mi boca”. Se reviste de una teatralidad
propia de un médium sagrado y simula un estado de trance espiritual. Esta
situación puede suscitar desconfianza lógica entre los individuos y generar
confusión, principalmente en los nuevos.
El gritón: cree que
el grito puede derribar todos los muros. Esta práctica puede conducir a una
predicación a todo volumen de la garganta, sin considerar el equilibrio entre
el volumen de la voz y el del argumento. Al no presentar cambios en la voz, la
modulación, el tono, la velocidad y otros aspectos relacionados con la
oratoria, el mensaje adquiere la apariencia de una precipitación verbal
abundante que en última instancia, resulta en una sobrecarga de información y
dificulta la retención del mensaje.
El animador espiritual: en los tiempos recientes, ha aparecido una nueva
categoría de predicadores, conocidos como “porristas eclesiásticos”. Estos
apoyan su ministración en el ánimo del auditorio, valiéndose de la exaltación,
la euforia, el regocijo y la danza como expresiones de dicha y fervor. El
predicador en mención no admite la pasividad del público y, ante su
indiferencia, recurre a una auténtica exhibición de “changoneta espiritual”. Priorizando
la “animosidad” sobre la esencia.
El ególatra religioso: centra su sermón en torno a su propia figura, utilizando
únicamente el texto bíblico leído al inicio como un punto de partida para
abordar temas relacionados con su ego. Sus logros destacados y su
comportamiento ejemplar son los puntos clave que sustentan su mensaje diciendo “miren
mi ejemplo e imiten mis acciones”. El mensaje por lo general es rechazado y es
objeto de incredulidad, ya que ha perdido su carácter cristocéntrico y se ha
convertido en un simple cartel de propaganda de la figura del líder.
Finalmente deseo compartir algunas sugerencias para
evitar gran parte de los vicios en la predicación:
·
Es
esencial mantener un profundo respeto y temor hacia el nombre del Señor y su
Santa Palabra.
·
Es
imperativo concientizarnos de la responsabilidad y seriedad que conlleva la
noble tarea de la predicación bíblica.
·
Sería
altamente beneficioso ampliar nuestro léxico, y por ello, es evidente que la
lectura resulta imprescindible.
·
Resulta
de vital importancia escuchar a otros predicadores, así como a nosotros mismos,
con el objetivo de “examinarlo todo y retener lo bueno”.
·
Es
crucial evitar la improvisación y, en su lugar, fomentar las pausas
estratégicas.
·
Considero
que la unción, la Biblia, el ayuno, la oración y la preparación dedicada son
una fórmula infalible para elaborar el antídoto contra estos y otros vicios en
la predicación, convirtiéndonos cada día en mejores predicadores de la Biblia.
Es importante recordar que la predicación ha sido reconocida como el método
elegido por Dios para comunicarse con la humanidad.
No olvidemos que domar nuestra lengua es extremadamente
difícil, pero no imposible. Al practicar predicar con amor y al ejercitar la
disciplina de refrenar la lengua, el Espíritu Santo va a producir el fruto del
dominio propio (Gálatas 5:23). Luego a medida que leemos, estudiamos y
escudriñamos, crecemos en la gracia y conocimiento del Señor Jesús y vamos a
ser más y más como el hombre perfecto (completo, maduro) que no tropieza en lo
que dice (Santiago 3:2). Oremos para que seamos cada vez más como ese hombre.
Al preparar su predicación no olvide que: "Toda la
Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para
corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté
enteramente capacitado para toda buena obra" 2 Timoteo 3:16…17.
S.A.G.
- 22 – MAR – 2026 (Estudio No. 877)
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