Los Sordos De Dios Por Saúl Guevara

 

Muchos acomodan la Palabra de Dios a su gusto y hacen otra cosa que es desagradable a los ojos de Dios. Muchos que se dicen creyentes, hacen oídos sordos a la Palabra de Dios:

Santiago 1:22...24 “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.”:

 Muchos se engañan a sí mismos, llegando a convencerse de que, por oír el mensaje de la Palabra, decir amén y orar después de oírla, para luego olvidarse de ella, serán justificados. El problema es que puede transformarse en algo rutinario. Uno llega el domingo a la iglesia, escucha el sermón, lo entiende, está de acuerdo, incluso dice que sí, que tiene que cambiar en esto o en aquello, pero a la despedida de la reunión, ya se ha olvidado de todo.

 Estos son los oidores “sordos” que dicen ser de Dios. Son sólo oidores, no hacedores de la Palabra y se engañan a sí mismos.

 Jesús enseñó: Lucas 11:28 "Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan". Guardar la Palabra, significa oírla, retenerla en la cabeza y ponerla por obra.

 Mateo 7: 21; “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” Muchos dicen, Señor, eso es fácil, pero pocos obedecen al Señor. Si llamamos Señor a Jesús, deberemos por tanto hacer la voluntad del Padre. Las dos cosas van de la mano.

 Cuando recibimos a Jesús, recibimos una nueva vida, pero la vida no se escucha; se vive. Nos gusta la sensación de venir a la iglesia, oír la Palabra de Dios y luego irnos a la casa, sintiéndonos bien por haber cumplido con nuestro deber.

 Pero aquí se nos dice que, si la Palabra no transforma nuestro diario vivir, entonces nos estamos engañando. La Palabra es como un espejo, que nos demuestra cómo somos en realidad; nos enseña nuestras fallas y las maneras en que Dios quiere cambiarnos. Pero si sólo la oímos y no dejamos que tenga su efecto en nosotros, entonces es como si olvidáramos lo que habíamos visto.

 Lo anterior es como si fuéramos al doctor con mucho dolor en el abdomen y al sacarnos radiografías encontrara un gran tumor en él. - ¡Caramba! dice el doctor, ¡Tendremos que hacer algo!... Y luego se ocupa con sus otros pacientes y se olvida por completo de lo que vio en la radiografía. Por la incompetencia de ese doctor, vamos a morirnos.

 De igual manera, si oímos la Palabra, pero esa Palabra no nos transforma, si no dejamos que haga su obra en nuestra vida.

 A menudo me dice la gente, Me gusta oír la Palabra de Dios. Eso es bueno; pero si eso es todo, es muy posible que se estén engañando. Es posible que piensen que el oír les hará algún bien mágico y no es así. La nueva vida no se escucha; se vive.

 Si pensamos que hemos recibido el evangelio, pero no estamos creciendo en obediencia a la voluntad de Dios, somos meros oidores y estamos engañados.

 Jesús lo dijo de otra manera en Juan 14:15: “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos”. Es decir, si nosotros tenemos una verdadera fe en Cristo, será natural para nosotros hacer lo que Él desea. Pero si no tenemos ningún interés en obedecer a Cristo y creemos que estamos a salvo, será mejor que nos dejemos de engañar a nosotros mismos.

 ¿Cómo crecemos en obediencia y en amor a la ley de Cristo? Lo hacemos leyendo y meditando sobre sus enseñanzas, aplicándolas a nuestra vida. No hay otro camino. No es suficiente sólo oírlo; tenemos que estar diariamente conociendo más de la Palabra y viviéndola.

 Hermanos, no se engañen. Si no tienen ningún deseo de leer la Biblia, si no les llama la atención para nada, si no tienen ganas de conocer más de la voluntad de Cristo para Uds., deben de examinar su corazón muy seriamente para ver si de veras han llegado a creer en Él. ¿Cómo podemos decir que creemos en Cristo, que lo amamos, si no tenemos ningún interés en saber y hacer lo que Él quiere?

 La nueva vida no es religiosa; es real.

La persona religiosa es la persona que es fiel a todos los cultos, que está en la iglesia cada momento, que puede citarte muchos versículos, pero que no muestra ningún cambio en su vida. Puedes ser miembro de la iglesia, puedes traer tu Biblia cada domingo y verte muy bien, pero si no se muestra el cambio en tu comportamiento y el amor práctico en tu vida, de nada te sirve, sigues muerto.

 Alguien ha dicho que puedes pasar la noche en la cochera y no te convertirás en carro. De igual manera, puedes pasar todo el tiempo que quieras en la iglesia y si no hay transformación, te estás engañando.

 Tú puedes poner muy buena cara los domingos y salir el lunes a chismear de tus hermanos, a sembrar rumores acerca del pastor, a ofender a las personas con quienes trabajas y ¿sabes qué?... con eso demuestras que tu fe no sirve de nada. Con eso demuestras que es pura hipocresía. Sería mejor para ti dejar de fingir, en vez de engañarte con esa actuación.

 La verdadera adoración que a Dios le agrada y que demuestra la realidad de nuestra fe, consiste en hacer su obra.

 Sólo tenemos que abrir los ojos para ver que el mundo nos quiere corromper con su lenguaje, con su materialismo, con su violencia, con su sexualidad, con todas las maneras en que se rebela contra Dios. Si tenemos una fe verdadera, nos mantendremos separados de esas cosas. Nos limitaremos en lo que miramos en la tele, en el cine, en las revistas. Nos limitaremos en lo que decimos. Nos limitaremos en nuestros pensamientos.

 Si de veras amamos y servimos a Dios, no podemos hacer nada menos... Pero si nuestro amor sólo consiste en rito religioso, de nada sirve.

 Y ahora te pregunto: ¿qué clase de fe tienes? ¿Tienes una fe que se vive, en vez de solo escucharla? ¿Tienes una fe que es real en vez de religiosa?...  Si vez problemas en tu vida, resuélvelos ahora. No dejes que pase más tiempo. 

 

 ·         Ciegos Y Sordos

 Cinco sabios ciegos querían saber cómo era un elefante. Uno tocó su pierna y expresó: "Es como un árbol, grueso y firme". Otro tocó una de sus orejas y dijo: "Es como un lirio acuático, plano y suave. El tercero puso sus manos en su cola y exclamó: "No, más bien es frágil y delgado, cual rama de arbusto". El no menos ciego tentó su costado y enfatizó: "No, es fuerte y duro como una gran roca". "Todos están equivocados", gritó el sabio que palpó su trompa. "Es como una serpiente, larga y extensa". Siguieron discutiendo apoyados en su propia sabiduría, sin ponerse de acuerdo ni constatar que, si bien ninguno tenía la razón, todos tenían parte de verdad. Eran ciegos en su propio entendimiento y no pudieron ver con los ojos de su alma la verdadera esencia del elefante. Tampoco escucharon razones.

 Lo mismo sucedió hace dos mil años cuando Jesucristo, Dios manifestado en carne, se presentó ante su pueblo que lo rechazó sin reconocer su divinidad. Eran más ciegos y sordos que los que fueron sanados por Él.

 Ante ellos estaba el Mesías Redentor que tanto esperaban y siguen esperando. ¡No lo vieron!... Eran ciegos. ¡No lo escucharon!... Eran sordos.

S.A.G. – 06 – DIC – 2021

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario