1 Tesalonicenses 5:21 "Examinadlo todo; retened lo bueno"
Se ha preguntado alguna vez que, si la lectura no fuera importante, entonces ¿por qué Dios decidió que su Palabra quedara escrita para que se leyere?
Dicen que a la lectura sólo hay que dedicarle los ratos perdidos, que se pierde vida mientras se lee. Lo cierto es que, es agradable pasatiempo para muchos, obligación para otros, leer es un beneficioso ejercicio mental. Rendir culto al cuerpo está en boga, hoy en día los gimnasios son un negocio, pero ¿y dedicar tiempo al cultivo de la mente? Al igual que nos cuidamos y vamos cada vez más al gimnasio, deberíamos dedicar media hora diaria a la lectura.
Los seres humanos somos criaturas inmersas en historias. Desde las historias que compartimos en la oficina o alrededor de la mesa de la cena, hasta los testimonios que compartimos sobre nuestra salvación o la obra de Dios en el mundo a través del evangelio, nuestras vidas encuentran forma en la narrativa. Las mejores lecturas ejercitan nuestro discernimiento, cultivan nuestra virtud y proporcionan el placer del descubrimiento y el saber.
Comienzo con una afirmación: “no basta leer, hay que saber leer”
Hay una sola manera de aprender a leer y es leyendo. Igual que cuando se trata de aprender a caminar o nadar. Pero eso no quita que uno puede aprender algo de la experiencia de otros.
Iniciemos por reconocer la importancia de la lectura y no me refiero a la lectura de textos de estudio o libros de consulta a los cuales recurres para pasar un examen. Me refiero a otro tipo de lectura: la que se hace por elección, no por obligación; ésa de la cual uno podría prescindir si no fuese que se siente impulsado a ella por el hambre de conocer la verdad y la belleza.
La civilización tecnológica de hoy en día, ha habituado al ser humano a lo básico y superfluo. En este ambiente, resulta comprensible que para muchos la lectura sea clasificada entre las cosas que no sirven para nada o entre las cosas para los cuales no hay tiempo. Juzgada desde un punto de vista utilitario, es algo que debe ceder lugar a las mil y una ocupaciones "urgentes" que demandan nuestra atención.
Nuestros sistemas educativos en los diferentes países se caracterizan por enseñarnos en la práctica que el libro se usa para saber algo que hay que memoriza en el afán de obtener un grado académico. Si, así se otorgan títulos "oficiales" en base a la memorización de las notas del profesor o a la habilidad para copiar en los exámenes, mal se puede esperar que de ella egrese gente para la cual la lectura le sea una necesidad vital.
Para el cristiano los libros deben ser una necesidad vital. Dónde, sino en ellos, puede lograr una integración entre su fe y el conocimiento humano, o una perspectiva histórica, o una comprensión de la naturaleza del hombre desde el punto de vista de la cultura contemporánea.
El cristianismo tiene que aprender a apreciar el potencial que hay en el diálogo con los libros para la transformación de una mente más atenta al Dios de la creación como el Dios de la revelación. Me atrevo a escribir, que sin la lectura de buenos libros no existe posibilidad para un cristianismo robusto, un cristianismo que haga frente a las fuerzas de deshumanización del hombre en la sociedad moderna.
La buena lectura comienza antes que el hecho mismo de leer, puesto que comienza con la selección de los mejores libros. Y cuanto más pronto aprendamos esa lección, tanto mejor.
Cierto es que no todo lo que se publica vale la pena leer. Con los libros sucede lo mismo que con la gente: las apariencias engañan. En muchos libros ocurre como en los ataúdes: lo mejor que tienen son el forro y por dentro llevan muerte. De esa reflexión, no se salvan editores evangélicos, entre los que hay quienes piensan que lo más importante de un libro es la diagramación y el título. Y eso explica la cantidad de basura, hermosamente presentada, que se vende en las librerías evangélicas.
El problema es cómo seleccionar. Me permito hacer las siguientes sugerencias:
- Cuando te sientes atraído por un libro, no te dejes engañar por las apariencias. Nunca compres libros por el título. Hay muchos títulos que no tienen nada que ver con el contenido. Estudia el índice, hojea el libro y lee uno que otro párrafo para comprobar si tu interés se justifica.
- Lee con cuidado las notas bibliográficas que aparecen en él.
- Busca asesoramiento por parte de gente que merece tu confianza.
- Lee las recomendaciones de libros que los mismos escritores incluyen en los suyos.
- Elabora una lista de libros que te interesarían, priorizando aquellos sobre los cuales hayas recibido los comentarios más favorables. Una lista así puede librarte de caer en la trampa de enamorarte de un libro a primera vista porque te gustaron las tapas o el título.
- Ya que no puedes leer todo lo que se publica, trata de leer lo mejor de lo mucho que se publica.
Hay que reconocer que al fin de cuentas uno solo comprueba cuán bueno es realmente un libro cuando lo ha leído. Los pasos anteriores pueden evitar que desperdiciemos tiempo y dinero con los libros que no merecen el gasto. Pero para aprovechar al máximo la lectura no basta leer los mejores libros: hay que estudiarlos.
La memoria humana, aún en los más dotados, es sumamente frágil. Por eso, fácilmente uno olvida lo que lee, a menos que suplemente la lectura inicial con una segunda lectura más detenida. Uno de los biógrafos de Abraham Lincoln cuenta que al leer su propio libro después de diez años de haberlo escrito se sorprendió lo poco que recordaba de Lincoln. Si esto sucede con el autor, cuánto más es de esperarse que suceda con el lector. Saber leer implica estudiar lo leído.
Es mejor asimilar unos pocos libros antes que leer muchos. Algunos libros se deben leer solo parcialmente; otros hay que leerlos, pero no con demasiada atención y solo unos pocos hay que leerlos enteramente y con toda diligencia y atención.
La buena lectura es un instrumento poderoso para la formación de una mente cristiana.
No basta leer: hay que saber leer. 1 Tesalonicenses 5:21 "Examinadlo todo; retened lo bueno"
S.A.G. – 24 – ENE – 2022
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