Juan 13:26 “Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón”.
Juan nos está relatando aquel momento en que Jesús avisa a sus discípulos que va a ser traicionado y entregado a los romanos por uno de ellos y en este versículo de inicio, nos relata como lo señalo.
Que la vida nos depara sorpresas, eso nadie lo puede negar. La vida está llena de sorpresas.
Muchas veces nos sucede o nos ha sucedido que cuando estas en lomas floreciente de algo que has deseado realizar en tu vida, en unos pocos segundos algo sucede que nos cambia la vida.
Popularmente las personas decimos “hoy estas y mañana no estarás”, pero muchos no llegan al mañana, podría ser algo así que como cuando inesperadamente ocurre un accidente y esos proyectos se ven frustrados o simplemente ya no estás, ya te llamo el Señor a su seno y esos proyectos se quedaron sin realizar.
No sé si a usted le ha sucedido que plática con alguien que está pasando una situación difícil y en su afán de ayudar le presenta al Señor, hablas de Él, de sus milagros, de su maravillosa vida y su inagotable bondad y de repente aquella persona a la que le hablas te corta y dice: “mañana me encargare de arreglar mi situación con Dios” en esos momentos siento la necesidad de quitarle a las personas esa engañosa sensación de tranquilidad que les hace pensar tan tontamente, porque tras esas palabras, se esconde la peligrosa y engañosa mentalidad de creer que tenemos toda la vida por delante, cuando la única realidad, es que el día de mañana no nos pertenece.
La vida está llena de sorpresivos momentos y para muchas de ellos no estamos preparados. Hay momentos con sorpresas gratas e ingratas. Las gratas suelen ser como un oasis en el desierto de problemas, como flotador en aquel mar en que nos ahogamos y por lo general son las que más se roba y destruye el enemigo, pues ese ha venido a matar y destruir.
Y hablando de las ingratas, de las cuales existen una infinidad, una de las más dolorosas e ingrata es la de aquellos que muerden la mano que les da de comer. Judas representa literalmente el mejor ejemplo de ello, aunque desafortunadamente no es el único.
Tengo la plena seguridad que en tu vida te has encontrado, lamentablemente, con muchas personas que han mordido tu mano aun cuando es esa misma mano la que les ha dado alguna clase de sustento. Y entiéndase bien, no solo hablo de comida, hablo de todo favor que en momentos de angustia nos han dado e incluso puede ser que estes gozando de alguno de ellos.
Diste con amor, ese alimento, ya sea que ese alimento haya sido de tipo sólido, emocional o espiritual, de seguro que después te has encontrado curando las heridas de tu propia mano, después que fuiste mordido por aquel a quien con cariño y amor de Dios estabas alimentando.
Es lamentable y triste, observar cómo las personas sutilmente sometidas a la influencia del demonio se ciegan, se vuelven miopes, desdeñan aquel amor compasivo con que los tratan y pierden todo tipo de sensibilidad al grado de llegar a morder la mano del que les está alimentando.
Esta penosa situación. de la cual están poseídos un amplia mayoría de nuestras sociedades y por ende la iglesia no escapa, es tan frecuente y difundida por el enemigo, que Jesús no escapó a ella y nosotros tampoco podremos.
Este relato de la vida de Jesús que nos narra Juan, es claro y elocuente: una vez que Jesús da el pan mojado a Judas, este sale para sellar “la venta de su Maestro” que es a su vez su pastor.
Quienes ya hemos transitado por este sendero de la vida, sabemos que es una experiencia dolorosa, que deja un sabor de amargura y una fuerte porción de tristeza.
Hay muchos padres que dieron todo por sus hijos y de un día para otro recibieron traición a aquel amor filial. En lo laboral hay mujeres y hombres que dieron su fuerza y tiempo al trabajo, para que de un día a otro y sin previo aviso, fueran despedidos por razones que hasta hoy no entienden. Son miles los que han sido mordidos por aquellos que se beneficiaban de su trabajo o gestión.
No solo se trata de un acto de traición, es también un acto cobarde, quizás esa sea una de las razones por las que Dios dice que en Su Reino no entrarán los cobardes.
Si hemos de tener que atravesar por estos capítulos de la vida, es de sabios seguir las huellas del maestro para no quedarse frustrado.
Jesús sabia quien le traicionaría. La escritura no dice el nombre del traidor, pero Jesús lo sabe todo, conoce lo que nadie puede conocer: el corazón del hombre. Él sabe quién es de fiar y quién no. Pero con todo eso, sabemos que Judas no solo estaba con los doce, además llevaba la tesorería, el dinero del ministerio.
Jesús no se estancó ahí porque la vida, el propósito, la misión para él no terminaba ahí. Necesitamos motivaciones definidas para no quedarnos estancados en los momentos de dolor o dificultad.
Qué bueno, qué sano, qué provechoso es saber cuál es la meta que debemos alcanzar en la vida. Tener una clara nuestra visión, se convertirá en un motor cuando más lo necesitemos. Jesús sabía que debía llegar a la cruz. Cualquier parada anterior a ella, era temporal y no definitiva.
Tener clara visión le dio a Jesús las fuerzas para seguir aun con la mano mordida. Después de todo, su cuerpo sería “mordido por perros” Salmo 22
Esa mano herida no podía ni debía detenerlo de llegar a la meta y sabemos que lo logró. No podremos evitar una mordida traicionera de tiempo en tiempo, pero si podremos y debemos evitar, que ello por doloroso que pueda resultar, nos impida alcanzar la plenitud del propósito que Dios.
Que serás mordido, serás mordido, sana tus heridas y sigue adelante, que Satanás, que ya está vencido, no te aparte de tu visión.
S.A.G. – 30 – MAY – 2022


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