La
palabra amargura usada en el Nuevo Testamento griego es “pikros”, que implica
punzante, veneno, atravesar, perforar, amargo. Una persona con amargura en su
corazón es una persona envenenada y que envenena con sus palabras. Es punzante
a la hora de hablar y expresarse, y lo hace con un sabor amargo. Es una persona
atormentada y afligida.
La
Biblia considerada como un pecado que se arraiga profundamente en el corazón:
“Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como
toda malicia” Efesios 4:31.
La
amargura es contagiosa, es una actitud que se transmite de una persona a otra
con mucha facilidad, por ello la Escritura nos advierte: “Mirad bien, no sea
que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de
amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” Hebreos 12:15. Por
otro parte, la amargura trae otros pecados con ella, no viene sola; como dice
en Efesios 4:31…32, viene acompañada por un grupo de amigas que no se separan
nunca, estas son el enojo, la ira, la venganza, la gritería, palabras
punzantes, en general todo tipo de malicia.
Diferentes
situaciones pueden causar amargura en nuestros corazones, pero una de ellas, y
pienso que pudiera ser la más común, es la falta de perdón. Cuando somos ofendidos,
no importando la magnitud de la ofensa, y no perdonamos, la amargura puede
empezar a crecer como una semilla en nuestros corazones, echando grandes
raíces. Por esa razón somos enseñados: “No se ponga el sol sobre su enojo” Efesios
4:26. Si no perdonamos pronto, el odio y el deseo de venganza hacia el que nos
ha hecho daño irán creciendo en nuestros corazones.
De
acuerdo a lo que nos enseñan las Escrituras, no perdonar es darle lugar al diablo:
“enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre su enojo, ni den
oportunidad (lugar) al diablo” Efesios 4:26…27). Si no arreglamos las ofensas
pronto, el diablo irá tomando ventaja y se irá acomodando en nuestras vidas.
Por
ello Pablo en 2 Corintios 10…11 nos recuerda: “Pero a quien perdonen algo, yo
también lo perdono. Porque en verdad, lo que yo he perdonado, si algo he
perdonado, lo hice por ustedes en presencia de Cristo, para que Satanás no tome
ventaja sobre nosotros, pues no ignoramos sus planes”
Perdonar
a otros es un acto de obediencia al Señor y en Cristo podemos encontrar el
ejemplo supremo de perdón. Cuando perdonamos, estamos guardando nuestros
corazones de la amargura.
Una de
las principales formas en las que se manifiesta la amargura del corazón es a
través de nuestras palabras. La Biblia nos enseña en Mateo 12:34 que de la
abundancia del corazón habla la boca. Un corazón lleno de amargura es uno del
cual brotarán palabras hirientes hacia los demás.
Otra
de las características de la persona amargada es que mira cada situación a
través de su amargura y tiene la tendencia a ser dura y fría con los demás,
teniendo muy poca misericordia con los pecados del otro. Como mencionábamos
anteriormente, la amargura en nuestros corazones causa dificultades y contamina
a otros. Una persona con amargura en su corazón tiene dificultades en mantener
relaciones sanas con los demás.
La
Palabra de Dios no es muda a ninguna parte de nuestras vidas y así como nos
muestra las causas y las consecuencias de la amargura, también nos dice que
hacer cuando esta es la condición de nuestro corazón:
Si la
causa de la raíz de amargura es la falta de perdón, pues ¡perdona!, y hazlo
cuanto antes. Una vez más, no dejes que el sol se ponga sobre tu enojo. Mantente
vigilante de tu propio corazón, atento a cualquiera posible brote de amargura.
Reconoce
en ti la amargura y recuerda que es un pecado grave en contra de Dios. No lo
minimices y pídele perdón: la sangre de Cristo tiene poder para perdonar
nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan. 1:8.
Aférrate
a la gracia que es provista en Cristo Jesús. Por su obra en la cruz, nosotras
podemos ser sanadas y perdonadas, y por ese mismo evangelio es que nuestros
corazones van siendo transformados, lee y reflexiona en Efesios 1:18…21.
Efesios
4.22 nos dice que nos despojemos del viejo hombre y nos vistamos del nuevo,
creado según Dios. Debemos quitarnos este pecado como nos quitamos toda
suciedad de nuestro cuerpo y que mancha todo nuestro ser.
Cristo
es nuestro ejemplo supremo. Él nunca pecó; nosotras somos las que le hemos
ofendido, y, aun así, Él nos perdonó en la cruz, cargando con nuestros pecados
y recibiendo el castigo que nosotras merecíamos.
Él no
se amargó, por el contrario, nos miró con pura misericordia y amor y todo aquel
que reconoce su pecado y viene a Él con fe, Dios lo recibe, borrando todo su
pecado y haciéndole su hijo.
La
persona que es amargada a menudo es resentida, cínica, cruel, indiferente,
implacable, y desagradable como para estar con ella. Cualquier expresión de
estas características es pecado contra Dios; son características de la carne y
no de Su Espíritu (Gálatas 5:19-21).
Siempre
debemos tener cuidado de no permitir que las "raíces de amargura"
crezcan en nuestros corazones; esas raíces harán que estemos lejos de la gracia
de Dios. Dios desea que Su pueblo viva en amor, gozo, paz y santidad; no en
amargura. Por tanto, el creyente debe siempre vigilar diligentemente, estando
en guardia contra los peligros de la amargura.
Si
Cristo nos ha perdonado, ¿no deberíamos nosotras perdonar a todos los que nos
ofenden? Con tus ojos puestos en Jesús, busca cultivar el verdadero perdón en
tu vida como Cristo te perdonó, y guarda tu corazón del pecado de la
amargura.
S.A.G.
– 23 – ENE – 2023
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